Esta semana se ha ido sucediendo una serie de noticias sobre las redes sociales. Facebook, con 500 millones de usuarios, sería uno de los países -virtuales- más poblados del mundo. Efectivamente este número no deja a nadie indiferente. Las empresas sondean todas las posibilidades como herramienta de marketing y los políticos como vehículo de comunicación con su base social, y no es para menos. Según el Diario Cinco Días, uno de cada tres españoles se ha conectado a una red social durante el año 2009. La política y los políticos no podíamos quedar ajenos a esta realidad incuestionable.
En mi opinión no se trata de darte a conocer de una manera más o menos oportunista mediante el uso de estas tecnologías, sino un compromiso ineludible con la ciudadanía, informándole de tu actividad como gestora de una parcela de la “cosa pública”. Significa una concepción de la política como una actividad que ha de ser necesariamente transparente. En estos días se ha dado a conocer el Índice de Transparencia de los Ayuntamientos (ITA) 2009, elaborado por la organización Transparencia Internacional. Las redes sociales, bien utilizadas por el gestor público, pueden jugar un papel importante en la consecución de niveles aceptables de transparencia.
Los propios medios de comunicación online se han embarcado de lleno en estas redes: a cualquier artículo se le acompaña de botones que permiten a los lectores marcarlos con un “Me gusta” o rebotarlo a su propia red, o agregarlos en sus marcadores de Del.icio.us o Yahoo.
Me siento orgullosa de contar con un blog que me permite dar a conocer mis gustos, preferencias y opiniones. Y agradezco sinceramente los piropos que ha recibido no solo de otros políticos interesados en contar con una herramienta parecida sino de los propios medios de comunicación, que han llegado a calificarlo como “la más moderna y completa de toda la blogosfera política malagueña”. Por el contrario, resulta extraño cómo en algún medio, en reiteradas ocasiones, han aludido a que dicho blog no es mantenido por mí personalmente sino por todo un equipo de colaboradores. Absolutamente incierto. Sin ir más lejos, ayer comentaba un periodista que ello quedaba demostrado con el hecho de que mientras tomaba un café en la Plaza de la Marina tras anunciar el derribo del muro del puerto, aparecían mensajes míos en Facebook y Twitter. Efectivamente, durante esa pausa, desde mi teléfono móvil, envié el siguiente mensaje:
Como se puede observar, el mensaje se envió desde la aplicación Echofon, que es la más conocida aplicación para Twitter diseñada para móviles iPhone. En el móvil abro una ventana como las de los SMS, escribo un texto no superior a 140 caracteres, hago una foto, y a partir de ahí, en tiempo real, el mensaje es distribuido a mis seguidores en Twitter y éste lo publica en un recuadro de mi blog; otra copia la manda a mi muro en Facebook, y la foto es subida automáticamente a Flickr, dejando una copia a su vez en el blog. En las pocas ocasiones en las que tengo tiempo para oir algo de música la escucho en el movil; la aplicación iScrobble envía lo que oigo a mi perfil en el portal musical Last.FM, el cual busca las caráctulas de esos CDs y lo publica en tiempo real en mi blog y en mi muro de Facebook.
¿Para qué necesitas un equipo de colaboradores cuando algo lo puedes hacer tú misma? Sencilla respuesta.
Ayer me dijo un amigo que si tiraba de hemeroteca me daría cuenta del tiempo que se lleva hablando sobre el futuro del puerto de Málaga, y que a él en particular le había dado tiempo a cambiar de novia, a casarse y ver crecer a su hijo que ya tiene seis años. En mi opinión, los proyectos de calado (nunca mejor dicho) tienden a fracasar o a enmarañarse cuando se prescinde del parecer compartido de instituciones y ciudadanos.
Honradamente creo que cualquiera que sea la configuración definitiva del proyecto volverá a fracasar si no se consigue darle la mayor calidad a los edificios que allí se planteen y si no se integra el puerto en la ciudad. Málaga no puede vivir de espaldas a un mar que le imprime carácter. A veces he tenido la sensación de que el turista que llega a mi ciudad, después de recorrerla en un autobús turístico, se lleva una agridulce sorpresa al ver el mar por primera vez después de varios kilómetros, y eso desde la planta superior. A mí me ocurrió eso con Valencia la primera vez que fui de pequeña a esa ciudad.
Desgraciadamente, en ocasiones, el urbanismo ha ido taponando con altas edificaciones la visibilidad del mar. Ahora, o nos subimos a Gibralfaro o andamos por el paseo de la Farola o por el de los Curas, si queremos disfrutar de esa experiencia con suficiente campo visual. Puedo asegurar que soy de las pocas personas en este país que ha vivido dentro de los puertos. Como hija de farero, mi hogar ha sido el faro (la farola, que decimos aquí), y cada mañana nada más levantarme lo que he visto es el mar y el puerto y a veces ninguna otra cosa. Y eso deseo también para los demás.
No decepcionemos a los malagueños y que el puerto que tenga que ser sea aquel del que mayoritariamente todos nos podamos sentir orgullosos.
P.D. : Con posterioridad a la publicación de este artículo se ha hecho una realidad la decisión por parte de la Junta de Andalucía de eliminar el muro. Un gran paso para que Málaga esté más abierta al mar.
En esta portada del diario “El País” del pasado 12 de junio me llamó la atención la confluencia de dos titulares. En uno se podía leer: “Trabajo impulsa un despido barato en empresas con seis meses de pérdidas”, que se refería a la reforma laboral española (que finalmente no se ha correspondido tal cual con este titular) y el otro destacado reflejaba “Una ola de huelgas en demanda de mejores salarios recorre China”. 
Bajo estos dos titulares se pone de manifiesto, bajo mi punto de vista, dos tensiones que se materializan en dos extremos del mundo en materia laboral. En Europa, por obligación más que por devoción, se están teniendo que tomar medidas en torno a la “flexiseguridad”, o sea, suavizar las condiciones empresariales en torno al despido, al tiempo que se fomenta la contratación estable. Y en el otro lado del planeta, en Asia, empieza a surgir un movimiento cuasi-sindical para tratar de garantizar unos derechos mínimos para los trabajadores. Hay que recordar que la indefensión de los trabajadores en China es tal que ya se han producido incluso hasta diez suicidios en alguna multinacional, fabricante de componentes para el iPhone, con fábrica en el sur de aquél país, a la que quieren obligar a que contemple derechos tan elementales como un salario mínimamente digno o la posibilidad de disfrutar de aire fresco que respirar en unas fábricas con temperaturas insoportables.
Muchas empresas norteamericanas y europeas han trasladado desde años atrás parte de su producción a países con menos cargas laborales y medioambientales, aprovechándose de estas condiciones “ventajosas” (ventajosas para la empresa, claro), como a Marruecos o Asia, entendiendo que así ganaban competitividad.
Esa ha sido la actitud de no pocas empresas españolas (son conocidos los desembarcos de algunas empresas vascas y catalanas allí) y de algunas andaluzas, que gracias también a ello han podido crecer en negocio para producir más barato. Empresas de Almería, Sevilla y Málaga, que a pesar del idioma y una cultura bien diferente, se arriesgaron a poner un pie allí, porque era una ventaja competitiva que no podían desdeñar.
Así lo he observado yo en la visita que hice a alguna de las empresas andaluzas en China. Y debo confesar que me produce sentimientos encontrados la valoración de este hecho por parte de nuestras empresas. Por un lado, reconozco la proeza de saltar como pequeña o mediana empresa al mercado asiático, para avanzar en su nivel de internacionalización, mientras por otra parte me produce una gran desazón comprobar que con ese gesto contribuimos a sostener un sistema tremendamente injusto para los trabajadores. Allí, ni los salarios, ni los horarios, ni las condiciones laborales son ni de lejos parecidas a la España de hace cuarenta años. Están en la época de la caverna. Y para qué hablar de las condiciones medioambientales. Esos términos aun no existen en sus diccionarios. Como por otra parte tampoco existió en el nuestro hasta que nos “modernizamos”.
Pero esta realidad va a cambiar. Como vemos por la noticia, y por otros muchos datos, el avance en derechos laborales en Asia va a ir dando pasos que no tendrán vuelta atrás (eso espero). Estos países van a ir elevando su exigencia en derechos y cuidados medioambientales. Algunas empresas, ante las incipientes protestas de los trabajadores, incluso están empezando a huir de China, a especies de “paraísos laborales” aún existentes en otros paises orientales, pero poco a poco quedarán pocos reductos a los que acudir para “deslocalizar” la producción.
Estos países irán, por la propia dinámica de la historia, alcanzando los justos derechos para sus trabajadores, y se irán aproximando a la legislación del entorno europeo.
Y mientras, en los países de nuestro entorno, los europeos, como ocurre ahora en el nuestro, en aparente contradicción, van a ir en dirección contraria, a buscar un punto medio donde las condiciones laborales no constriñan la posibilidad de reestructurar una empresa en tiempos difíciles, llegando por ejemplo al absurdo de que sea más fácil cerrar una empresa que reducir una cierta carga de personal, cuando los vientos para la empresa no soplen a favor. En época de bonanza económica algunas disfunciones de nuestra legislación laboral no fueron retocadas, pero ahora la reforma se hace inevitable e imprescindible.
En un mundo globalizado vemos como se globalizan también las exigencias de los trabajadores y las demandas empresariales. No estamos sólo ante una época de cambios, sino tal vez ante un cambio de época. Lo importante de todo ello es que mantengamos el necesario equilibrio entre ambas tensiones.
Desde pequeña escuché esta frase popular (creo que era producto de una copla) que mi madre pronunciaba para reprochar el poco hábito lector en nuestra ciudad. ““Málaga, ciudad bravía, que entre antiguas y modernas, tiene veinte mil tabernas y una sola librería”.
Aún no se lee tanto en Málaga como sería deseable, pero es cierto que la Málaga de hace 30 años, cuando yo escuchaba esta frase hecha, no es la misma que la que nos encontramos hoy.
Es cierto que nuestra provincia es aún la que menos establecimientos de este tipo tiene por habitante en el panorama nacional. Una por cada 10.764 personas, muy lejos de una por cada 2.878, como es el caso de La Coruña, el otro ejemplo que se sale de la estadística por arriba. Pero no es menos cierto que han irrumpido en nuestro panorama librerías de grandes cadenas que venden números muy superiores a los de la librería tradicional. La Fnac, el Corte Inglés, y otras grandes superficies, son lugares habituales para la búsqueda de libros para autoconsumo o regalo, y aunque no se conocen su número de ventas, suponemos que lo hacen como varias librerías juntas cada una de ellas.
Creo que la decisión de comprar en una gran superficie respecto de la librería tradicional tiene mucho que ver con la necesidad de consejo o las prisas en la compra. Yo sólo acudo a las primeras cuando tengo claro el libro y/o porque por razones de tiempo me sea más rápido comprarlo en uno de estos lugares. Si quiero disfrutar de elegir con tranquilidad o simplemente quiero merodear por las traseras de los libros sin ánimo específico de comprar, acudo a la librería de siempre. Allí siempre tengo la oportunidad de reacabar un consejo. Y compartir alguna opinión sobre lo último que hemos consumido. Así me ocurre cuando requiero de los sabios consejos de Pilar o Jose Antonio, que me “iluminan” en la librería Luces. Ellos son los culpables de mis mejores compras.
Creo que estas virtudes del negocio tradicional hace que algunos echemos de menos el aroma de las librerías antiguas, como la desaparecidas Denis o Cenvantes. Yo guardo un dulce recuerdo de aquella otra que estaba en calle Granada “la estrechilla”, llamada “Negrete”, donde desde muy niña ya compraba mis primeros libros, a un librero de gafas con cristales muy gruesos y de estatura pequeña, que en medio de un aparente caos buscaba el libro solicitado en la planta baja o en una improvisada planta primera a la que se accedía por una escalera de quita y pon. Un amigo me comentó que dicha librería era conocida por ser muy “roja”, pero yo a aquella edad (diez, doce años) aún no buscaba libros comprometidos -empecé con los clásicos-, cosa que hice ya más tarde y claro, en un clima de una España ya abierta y en democracia. El papel que los mayores juegan en la afición a la lectura de los niños es fundamental.Son grandes imitadores, y si te ven en casa con un libro entre las manos, ellos tratan de hacer lo mismo. Recuerdo que esta afición a la lectura me vino de mi madre, que, aunque el dinero escaseaba bastante, hacía ir a mi hermano a la tienda de intercambio de libros de segunda mano, con algo parecido a un carrito de la compra repleto de libros y tebeos, al devolverlos y al traerlo con una nueva remesa.
En todo caso, decía, creo que hoy día se compran más libros que lo que representan las aun escasas librerías de Málaga, porque tampoco están contabilizados los libros que, cada vez más, se compran por Internet (la malagueña Agapea es un “crack” en el sector de venta online de libros en papel), como tampoco están considerados los libros digitalizados que se descargan para ebook, como la librería malagueña Canales 7, aunque este mercado sólo esté empezando a dar sus primeros pasos.
Creo que todas las formas de lectura y todos los lugares donde adquirirlos son buenos, y no hay que resistirse a los nuevos hábitos, con tal que sirvan sobre todo para atraer a cada vez unos jóvenes más despegados de la cultura del papel y más amantes de los “bytes”. Yo tengo un ebook aunque cierto es que la escasa disponibilidad de libros en este formato me disuade de usarlo. Pero quizás terminemos escuchando una nueva copla (o politonos, si nos vamos a la jerga más actual) que pronto diga, “Málaga, la de las mil descargas de libros y unas cuantas cervecerías”. La cuestión es que no dejemos de leer.