Mar
28
En política, ¿una carta o un email?
Hace más de una década que las cartas entre amigos y/o familiares prácticamente desaparecieron. Creo que muy poca gente nos sabría decir si hay algún buzón en su barrio. Nadie recuerda cuándo fue la última vez que depositó una carta en su interior.
Mi madre, a pesar de sus ochenta y tantos años, tampoco manda cartas. Sorprendentemente, chatea por internet a diario. Miento. Alguna vez, creo que por nostalgia, manda alguna carta a mi hija, que espera ansiosa una sorpresa en el buzón. Pero las amigas de mi hija miran aquéllo con cierto curiosidad, y no entienden muy bien de qué valen noticias que con el paso de varios días han perdido “vigencia”.
Los bancos ya si apenas mandan extractos por correo; y poco a poco se van reduciendo las notificaciones de las administraciones por escrito, a medida que va avanzando la administración electrónica.
Efectivamente, el teléfono móvil, e internet, con los mails, han sustituido hace mucho tiempo al género epistolar de sobre y sello.
Y en política, las tecnologías de la comunicación han entrado de lleno. No obstante, prima la comunicación verbal, medio natural, espontáneo y rápido, para la dialéctica política.
Se sigue utilizando las cartas escritas, pero para cuestiones muy formales y concretas; no en sustitucion de la dialéctica. Y mucho menos como instrumento “contra otros”, o sea, considerándolas un fín en sí mismas, una estrategia.
Pero me cuentan que aún quedan políticos intensivos en el género epistolar tradicional. Que siguen mandando cartas, las cartas de toda la vida. Ni siquiera la han transformado en un mail.
Me dicen que de esta forma, con la carta cerrada, con su interior sellado y registrado, se consiguen numerosos beneficios.
Por ejemplo, que sirve para cubrirse las espaldas cuando a posteriori se confirma o falla algo (con un “yo lo dije” fácilmente comprobable -que después se filtra a los medios-).
Que sirve también para decir aquello que no conviene tener una inmediata respuesta (de tal forma que lo que dice esa carta no tiene, hasta días después, posibilidad de contrarréplica).
Y que es magnífico para enseñar cartas de respuestas a gusto del que las provocaba (es decir, mostrando las supuestamente favorables, y ocultando las que se obtengan a la contra).
Yo, a pesar de todo ello, no lo entiendo. Quizás sea una cuestión generacional. Lo que sí se es que a mí lo del género epistolar se me queda un poco antiguo. Habiendo correo electrónico y todo lo demás (lo que llamo e-pistolar). Y como estrategia, pues me parece francamente fullera.
Pero bueno, que eso es “lo que me cuentan”. A lo mejor no es cierto que haya políticos así.














