Mar
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Me provoca sentimientos encontrados la decisión de la británica Jade Goody, ex concursante de “Gran Hermano”, de televisar su enfermedad y su muerte para sacar beneficio económico.
Como firme defensora de la libertad de la persona para decidir todo aquello que competa a sus últimas voluntades -fui una de las primeras malagueñas en firmar el testamento vital-, me sorprendo de un mundo mediático tan morboso e hipócrita a la vez que se alimente del padecimiento de una persona mientras ni se inmuta por tantas otras muertes tan tristes o más que ésta como las que produce la pobreza o el hambre en el tercer mundo.
Y me provoca sentimientos encontrados porque, por un lado, valoro que haya pensado en un futuro mejor para sus hijos en lo económico, y que haya contribuido a sensibilizar a la sociedad sobre el cáncer de útero, pero, por otro, lamento que todo ello se tenga que conseguir como consecuencia del morbo mediático.
Aunque haya grandes distancias entre un caso y otro, no puedo evitar caer en la paradoja de que legalmente está prohibido traficar con órganos, mientras que el tráfico de la propia vida, de la intimidad más gruesa, la empecemos a ver casi sin extrañarnos.
Lamento, en todo caso, el tráfico de la intimidad aunque respete a quien la quiera servir en bandeja. Lamento que tenga tanto fruto económico la triste historia de las personas, la de sus enfermedades, la de su muerte.














